Thursday, February 04, 2010

¡ Por fin de vacaciones !









¡Vacaciones!
Esa palabra mágica que significa cosas tan lejanas durante el año laboral, especialmente cuando el quehacer arrecia y no se está permitido desfallecer, so pena de descuentos de sueldo varios, y en el peor de los casos, licencias médicas rechazadas, lo cual obliga a sacar energías no sé de dónde, siempre con la esperanza en el alma, latiendo mil veces, sonando como música celestial: "vacaciones"...
La maravilla de esta época. Supongo. Invento de una era en que el hombre (y también la mujer ¡obvio!) necesitan hacer un alto en sus diversas funciones, para realizar un sinnúmero de actividades dentro de este período, el cual aparentemente nos faculta para andar medio piluchos(as) en la playa, exhibir abdómenes que merecen estar bajo siete llaves, beber sin medida en los pubs hechos a la medida según la edad de sus clientes, etc.

Como sea, ¡¡qué sería de todos sin las vacaciones!! Simplemente perderíamos la cordura en breve, por eso existe ese espacio de tiempo en que nos permitimos:

a) En primer lugar, dormir hasta que "las velas no ardan" (como decía mi abuelita, que el Señor tenga en su santo reino, por fin descansando verdaderamente de los afanes de este mundo)
b)Almorzar a las 4 ó 5 de la tarde (¡Total, estamos de vacaciones!)
c)Vestirse con colores caribeños, usar vistosos pañuelos en el pelo o ponerte esa camisa floreada que estuvo todo el invierno en el clóset.
d) Los más "quitados de bulla" optarán por la lectura del libro que ha esperado todo el año en el velador
e) Ellas querrán terminar el tejido que, si demoran un poco más, su diseño estará obsoleto...
f) Otros, caminarán descalzos por la playa, harán yoga en medio del patio, pasearán la mascota, visitarán los parientes, en fin.
g) Los más aventureros, buscarán viajar a cualquier rincón del mundo (si el bolsillo lo permite), de lo contrario, partirán a la playa más cercana a tomar sol hasta "que les dé puntada", o hasta que parezcan recién llegados de Brasil.
h) Muchos ansiarán salir por las noches a beber algún trago con sus amigotes ( y también, ¿por qué no?, sus amigotas) y llegar a la hora que se le ocurra, total, todo en honor a esa palabra mágica que nos hace sonreir de puro gusto...

"Vacaciones"... No hay quien no se rinda a ella, ni se atreva a contradecir este código. Por eso, esta vez he querido que mis vacaciones tengan de todo un poco: He tomado mi tejido inconcluso y el libro que siempre quise terminar de leer (Confieso que he Vivido, de Neruda); estoy elaborando una artesanía, exclusivo fruto de un cerebro en descanso ( no imagino haciendo estas cosas en agosto) y encontré algunas prendas que espero tener la osadía de ponerme... Todo ello, sin olvidar los paseos a la orilla del mar; dormir hasta tarde; cocinar cuando me dé la gana y a la hora que el estómago me ponga en aviso; no planchar JAMÁS; lavar ropa cuando sea necesario y "Ay, de quien se oponga"... total, ¡estoy de vacaciones!...

Y tú, ¿Cómo prefieres vacacionar?

Friday, October 16, 2009

Tiempo para mí...


Tengo tiempo, largas veinticuatro horas que se disuelven entre el descanso y el hacer.
Y el hacer se lleva mi energía, me desgasta a diario, me asfixia cada día.


Quiero tiempo para mí…


Para mi jardín olvidado, para mis escritos que han quedado esperando el punto final. Para mis paseos al atardecer que nunca he realizado.

Y quizás mi vida pronto acabe y nunca tenga tiempo para mí. Y es que todo me pide, todos me piden…

Pues he tenido tiempo para escuchar la voz de mi padre, ahora ausente; para reír con él noche a noche en el teléfono, animándolo a seguir, aun sabiendo que no habría un después…

Luego, se vinieron las horas para mi madre, tiempo que nunca es suficiente para enjugar sus lágrimas y escuchar sus largas tristezas cada noche, animándola a seguir, pues la vida todavía le ofrece alegrías.

He tenido tiempo para el hombre de mi vida, para abrazar sus noches completas, aun a espaldas de su corazón.
He tenido tiempo para decirme que siempre hay otra oportunidad... Y para animarme a seguir aun sin saber si habrá un después…

También he tenido tiempo para mis hijos, para consolarlos cuando un amor se alejó y ayudarlos a comprender que las lágrimas son necesarias pues permiten lavar el dolor del alma…
Tiempo para impulsarlos a caminar y para sostenerlos en el camino.
Para animarlos a seguir, ahora que la vida se ofrece entera…

Tiempo para mis hermanos, para reír con ellos, para recordar viejos tiempos, para reir como entonces, cuando estábamos lejos de las preocupaciones; para consolar, para abrazar y desear tiempos mejores…

Tiempo para aquellos que siempre están a mi lado, para atender sus llamadas y recibir su calor; para devolver una frase amable que sale del corazón.

Tiempo para dedicarme a mi trabajo, donde día a día entrego mi alma...
Y siento que con ella se me va la vida cuando hago el balance del día cada noche frente al espejo…

Por eso, quiero tiempo para mí. Para buscarme, para encontrar mi alegría de siempre.
Y para recobrar mi paz interior y tener confianza en lo que vendrá…

Tiempo para cultivar las mejores rosas en el rincón predilecto de mi jardín y arrancar las malezas que ahogan la flores que intentan iluminar mis días.

Tiempo para buscar las respuestas que quedaron pendientes en el ayer.

Tiempo para escribir, que es como vaciar una cartera llena de objetos que se creían perdidos y que sin embargo siempre estuvieron allí. Escribir, este viejo hábito que no quiero que me abandone, pues en el juego de las palabras encuentro sentido a mis sueños y esperanzas; doy forma a las ilusiones que se tejieron en mi infancia y partieron un día sin que me diera cuenta...
Tiempo para caminar alguna tarde y mirar el sol ponerse sobre el horizonte.
Tiempo para llorar sobre la tumba de mi padre, aceptando finalmente que no volverá a mi vida.

Tiempo para hacer nada y hacerlo todo y también para dejar temas pendientes pues siempre habrá cosas que podrán esperar ...

Quiero tiempo para el hombre de mi vida, tiempo para hundirme en sus ojos, para charlar hasta que amanezca, tiempo para creer que aún me ama...

Necesito que el reloj se detenga para recuperar un trozo de vida...

Friday, September 18, 2009

Blanca



Mi abuela solía balancearme en sus rodillas, a la orilla del brasero. Con
su mate en la mano derecha y en la izquierda sosteniendo un viejo libro
de cuentos cuyas amarillas hojas el tiempo había desprendido una a
una, me trasladaba a paisajes lejanos, a historias cuyo fin siempre desconocí, pues ella me obligaba a imaginar el desenlace... Su antigua voz y sus verdes ojos cobraban un especial brillo cuando leía con pausa cada frase. Las escenas se pintaban una a una en mi interior, y el ambiente, con olor a rescoldo y hierba mate, me transportaban a paisajes desconocidos donde todo era posible.
La infancia de mi abuela transcurrió en un rincón del sur de Chile, bajo la mezquina protección de su padre y con una madre que temía la presencia de aquel hombre. Muchas veces esperaron que él partiera al pueblo a vender animales para sacarle algo de su dinero que guardaba en el granero. Por eso, en cuanto tuvo la edad suficiente, abandonó su hogar y viajó a Santiago en busca de trabajo. Allí conoció a Enrique, quien más tarde llegaría a ser su marido y al cual recordaría hasta el último minuto de su vida con una lágrima en sus verdes ojos...
Y yo, apenas aprendí a caminar, visité a diario su hogar. Por la tarde, nos recostábamos en su catre de bronce pulido. Entonces me narraba historias, leyendas de campo, en que triunfaba la ingenuidad de los campesinos por sobre el mal. Si bien me hacían reír, no dejaban de asustarme luego, cuando ella ya dormía y yo creía ver fantasmales figuras en la pared. Finalmente, aferrada a su brazo, escondía mi rostro de todo lo que me rodeaba y me dormía profundamente, sintiendo ese aroma a manzanilla que despedían sus largas y grises trenzas. A decir verdad, esos encuentros constituían mi única entretención en una época en que no se conocía aún la televisión. Cuando la pantalla chica por fin llegó a mi hogar, mi abuela no se convencía de lo que sus ojos veían. Muchas veces la observé levantarse del sillón y revisar detrás del aparato de televisión para intentar descubrir el origen de las figuras que se movían y hablaban en la pequeña pantalla.
- Son cosas del diablo- decía, mientras se envolvía en su chal gris y se acomodaba nuevamente en el sillón, resignada a dejarse llevar por la serial de la tarde.
Los domingos me iba a almorzar a su casa, pues cada momento con ella traía una nueva leyenda para disfrutar. Su cocina olía a albahaca, perejil y cilantro... Dentro de sus ollas de greda bailaban las papas con el zapallo y el trozo de carne despedía un grato olor que me apresuraba a poner cucharas y tenedores en la pequeña y redonda mesa del comedor.
- Un día de esos, anduvo por ahí un indio, hijo del jefe de la aldea... medio enamorao pues... Y yo no quería nada con él. No fuera a ser cosa que mi ‘taita’ lo viera pegado a mis polleras porque ahí sí que la ‘vería negra’... - me contaba, mientras picaba la lechuga y la aliñaba con limón. Y agregaba: - Pero el indio éste no entendía pues, no...no había caso. Yo ya oía que mi taitita venía al galopecito por el potrero y me pillaba con él.
- ¿Y qué pasó abuelita? ¿El indio la besó? - Yo era una verdadera cascada de preguntas.
- ¡No hijit’e Dios! ¡Cómo se le ocurre!.. – me respondía con una sonrisita que no podía disimular.
- Una vez vino a ‘meterme conversa’... – su tono de voz indicaba que lo que iba a decir era confidencial. Yo le puse más sal a una mitad de limón, y mientras sorbía su acidez, me acomodé en una banquita de madera, cerca suyo para no perder ninguna palabra de lo que iba a decir.
- Yo estaba en la cocina, que humeaba con los leños secos. Estaba revolviendo una ollita, preparando un poco de ‘color’... Hervía con el aceite... Me acuerdo como si fuera ayer. Como no quería verlo más, le di a probar al indio ese, con la promesa que si lo hacía, yo saldría por la tarde al río para encontrarme con él.
- ¿Y qué pasó? – le pregunté con inquietud...me ardía la garganta por el limón y no imaginaba el dolor de sufrir una quemadura con aceite hirviendo.
- Bueno... el indio no volvió más. Esa tarde el jefe vino a hablar con mi taita, quien apenas se enteró de mi maldad, me dio una tremenda ‘tanda’ con una soga... Todavía me duelen los huesos cuando me acuerdo... Ahí me dejó, amarrada al ciruelo hasta que anocheció y mi mamita, que en paz descanse la finada, dejó de lado el miedo que le tenía a mi taita y me fue a sacar cuando ya todos dormían...- terminó con un suspiro.
Yo guardé silencio, mientras mi pensamiento viajaba mágicamente con sus palabras...
- Fui ‘maldadosa’ para qué voy a decir una cosa por otra - agregó, asintiendo con su cabeza encanecida, mientras suspendía la narración para sumergir el cucharón en la olorosa cazuela.
- ¿Más que yo? – preguntaba tratando de recordar mis más recientes desaciertos.
- ¡Mucho más mijita! – me aliviaba.

-Imagínese que una vez íbamos al pueblo con mi mamita y nos encontramos en el senderito con una tremenda culebra al sol. Me acerqué a mirar...Y no sé porqué le lancé un piedrazo justito en el medio del ovillo... - se sonreía, con la malicia propia de la niñez y miraba a lo lejos con sus verdes ojos, como evocando la imagen de lo que me contaba.

- La culebra del diablo se desenroscó y nos persiguió tanto que tuve que sacarme los zuecos y correr como "alma que se lleva el diablo"... Finalmente le lancé mi chal y dejó de seguirnos. Al regreso no nos atrevimos a volver a pie y pedimos a un vecino que nos trajera en su carreta... Viera usté mi niñita, mi chal hecho mil pedazos en el suelo... – su rostro cobraba seriedad.

- Así no más podría haber quedado yo pues... pa’nunca más... pa’nunca más...

Conocí muchas costumbres indígenas a temprana edad por la voz de mi abuela. Cada anochecer, deshacía su moño, trenzaba su cabello y se sentaba con las piernas cruzadas en su cama. Cerraba los ojos y decía su oración a los cuatro vientos. Nunca entendí la lengua en que decía aquella oración. Me enseñaba palabras en mapudungun , las que aprendía como un juego. Ella me familiarizó con mis raíces, a las que aprendí a amar como el terruño en que nací.
Cada martes sagradamente, encendía velas a las ánimas. Decía que si lo olvidaba, ellas mismas se encargaban de recordárselo. Cuando llegaba aquel día, un extraño cosquilleo recorría mi espalda al verla realizar aquel rito. Me decía que no estaría sola cuando llegara su hora...Estarían con ella los que tanto había amado y que habían partido al más allá.

Antes que mi abuela muriera, me encargó que no olvidara ponerle sus zapatos, su abrigo y algunos objetos personales. Me decía que debía recorrer un largo camino en la otra vida. Tenía que volver a los lugares que ya había recorrido... Yo nunca cuestioné su pedido y no lo ignoré aquel día en que mi abuela se cansó de llorar a su adorado Enrique y decidió escuchar el llamado de sus ancestros
- Me están llamando, no debo resistirme. Es un proceso natural. No quiero que llore mijita. Yo voy a estar por ahí cerca suyo siempre...
Fue un domingo que no olvidaré. Encontré la puerta entornada. En su cama, su cuerpo recto, su boca semiabierta y sus ojos inmensamente verdes clavados en el techo de la habitación. Yo desconocía el significado de vivir la cercanía de la muerte hasta ese instante.

La muerte había roto un lazo estrecho que ambas habíamos construido con un amor que había sido capaz de unir dos vidas tan distantes en el tiempo y la edad... Nunca la he olvidado. He pasado por San Carlos y he observado con avidez sus parajes campestres, sus cerros, sus prados, queriendo tal vez descubrir el ciruelo de los tormentos de la abuela...o la figura en el caballo de aquel indio enamorado de la Blanca de verdes ojos y rubias trenzas...

Nunca olvidé a la abuela. Verdaderamente, siempre ha estado a mi lado. Como está hoy presente, en estas líneas que ella me ha animado a escribir...












Friday, July 31, 2009

Hasta Pronto...






Cuando pienso en mi querida tía Olga, recuerdo su mirada cariñosa y su sonrisa siempre a flor de labios.
Creo que desde siempre ocupó un lugar importante en mi vida, ya que de pequeña mis visitas a su casa en Viña del Mar eran asiduas, especialmente durante las vacaciones... Entonces ella me cortaba el pelo o me peinaba, me mimaba y me hacía pequeños pero significativos obsequios que para mí guardaban gran importancia.

En aquel entonces, ella me visitaba con la expresa intención de llevarme a su casa, lo cual lograba sólo después de una larga conversación con mamá...

Así, comencé a habituarme a su compañía y a su presencia.

Más tarde sería yo quien viajara hasta su casa, para permanecer fines de semana a su lado, escuchando largas historias familiares, entreteniéndome con su clóset siempre lleno de vestidos de moda y ropa de fiesta. Recuerdo que acostumbraba a probarme sus anillos y pulseras sentada al centro de su ancha cama, situación a la cual ella accedía siempre benevolente, asegurando que a nadie le permitía tal cosa...

Nos quedábamos charlando hasta la madrugada, mientras el televisor seguía funcionando, mudo sobre la mesita en el rincón de su dormitorio..."Dejémoslo encendido para que nos acompañe", solía decirme...

Durante el día, mientras ella atendía su pequeño almacén, yo me distraía con los libros que componían una pequeña biblioteca. Encontraba junto a ellos, cuadernos de hojas amarillas escritos con viejas canciones, antiguos boleros quizás, que yo leía una y otra vez como si fueran mi poesía predilecta.

Recuerdo las tardes de cocina en que ella me enseñó, entre otras cosas, a preparar torta de hojas, la cual después de amasarse reiteradas veces, se ponía en el refrigerador antes que al horno...
En una oportunidad en que enfermó al punto de permanecer en cama, mamá me autorizó para acompañarla por unos días. Entonces le cociné yo, y recuerdo que encontró muy sabroso el almuerzo. Para mí fue como "una buena nota", ya que ella siempre fue excelente cocinera, hábil para todo tipo de preparaciones, desde postres (inolvidable el curso de repostería que hiciera y que nos permitió a todos quienes la visitábamos, degustar sus ensayos de pasteles y tortas) hasta los más variados y sofisticados platos...

En fin, así se pasaron los años de mi infancia y de gran parte de mi adolescencia, durante la cual, muchas veces su hogar fue un rincón de refugio...
Los veranos transcurrían frente al televisor comiendo helado de no importaba cuál sabor, mientras comentábamos el Festival de la Canción; pintando en género o atendiendo el almacén mientras comentábamos los acontecimientos del momento...

Fue dos años después de mi matrimonio que ella partió a vivir a Canadá, donde se estableció definitivamente. Sin embargo, viajaba constantemente a Chile y siempre dedicaba un espacio de tiempo para estar unos días conmigo...

Entonces rememorábamos viejos encuentros y reíamos como entonces, recordando anécdotas como aquella oportunidad en que visitábamos la Feria de Artesanía de la Quinta Vergara: Ibamos de lo más elegantes y se nos ocurrió pasar a un restaurant a servirnos unos platos que se veían muy apetitosos. Sin embargo, cuando llegó el momento de cancelar la cuenta... ¡ni ella ni el tío habían llevado dinero! En vano yo revisé mi cartera, y entre risas, nos vimos obligadas a pedir torta y luego helados mientras esperábamos que el tío regresara con dinero...

Así, el tiempo pasó y con él partieron otros, incluyendo al tío, a viajes sin regreso. En tanto, ella continuaba viajando y conociendo lugares exóticos, lo cual después me narraba con detalle, mostrándome postales y fotografías que me permitían viajar también.

Y de una u otra forma se encargó de estar presente en mis momentos difíciles. Como cuando nació Camilo, después de un embarazo complicado. Mientras yo aguardaba el nacimiento, ella preparaba pasteles de choclo, humitas y otras variedades veraniegas con mamá. Entre tanto despliegue culinario, ruido de sartenes y -por supuesto- risas, los más felices eran sus fieles seguidores -papá y Armin- de cuanta receta se le venía a la cabeza...

Los años siguieron su curso y muchos veranos nos acompañó a vacacionar en familia, lo cual ella evocaba siempre con gran nostalgia en sus cartas, las que eran acompañadas de fotografías escritas al reverso con las fechas y nombres de personas y lugares...
Así, la tía Olga nunca se alejó de nuestras vidas, ya que cada cierto tiempo se presentaba en medio nuestro, inesperadamente o anticipando con tiempo su viaje... ¡movilizando a toda la familia!
Los que no estaban dispuestos a cambios bruscos en su rutina, daban un paso al lado. Pero ella sabía que siempre podía contar con mi hogar, en el cual sería bienvenida y atendida con cariño.



Los reveses de la vida permitieron que con el tiempo fuera yo quien pudiera "regalonearla", poniendo en descanso sus piernas fatigadas después de alguna caminata, peinando sus cabellos o preparando algún pastel, esta vez en mi cocina...

Quizás no en vano ella siempre me decía que yo era como la hija que nunca había tenido. Y no sé porqué, este año tuve el impulso de llamarla por teléfono para el Día de la Madre, cosa que finalmente no hice, por temor a parecerle extraño.

Ni sabré porqué ese fin de semana que marcó el fin de su vida, mientras ponía en orden un closet, me encontré insitentemente con objetos que ella me había regalado en sus tantas visitas...

Tampoco sabré porqué aquella última mañana encontré repentinamente en mi cartera su número telefónico anotado en un pequeño trozo de papel...

Quizás me quería hablar desde allá, desde ese país que la había adoptado sus últimos 25 años. Quizás quería decirme de alguna manera, que se aprestaba a partir a ese viaje al que tanto temía, el más largo, del cual ya no regresará a visitarme...




Saturday, December 27, 2008

Molinos de Viento...



No quiero luchar más contra molinos de viento invisibles, que acechan, que espían, que esperan simplemente derrumbarme en cualquier momento de fuerte viento...
No quiero pelear contra esa fuerza invisible...




¡Cuánto tiempo hace que descubrí su presencia!

Un día cualquiera miré al horizonte y observé por primera vez su figura de piedra gris que sostenía aspas que giraban con fuerza inusitada...
Era extraño, pues no había viento, o por lo menos yo no percibía presencia alguna de brisa...

Sin embargo, allí estaba: cobraba fuerza cada día, girando silencioso bajo los rayos del sol o bajo la lluvia inclemente, incluso en noches de luna llena vi recortarse su perfil bajo las estrellas...

Hoy cierro los ojos pues no quiero mirar más. No debo. No puedo hacerlo.

¡Qué importa que continúe girando, qué importa si lo hace en días soleados o cuando la primavera llena los rincones de mi vida!...
No quiero su fantasma, no puedo vivir a su lado.

Debo escapar, simplemente debo escapar.

Dejaré atrás su sombra espantosa que me agobia. Y dejaré con él los recuerdos de aquellas tardes apacibles que creí que habían desaparecido del horizonte de mi vida los temores...
Simplemente partiré sin rumbo fijo, escapando de él aunque con él se irá la mitad de mi existencia, con las risas y las lágrimas, con los aciertos y los errores, con todo lo que un día quise y ya no fue...

Partiré.

Y aunque no mire hacia atrás, sé que estará girando silencioso, mirándome triunfante y diciéndome adiós con esa brisa familiar que envuelve mi alma con una tristeza muy mía...

Tuesday, October 28, 2008

Al atardecer...


"El invierno ya se aleja y su brisa de cada año me envuelve sin ninguna novedad…
Me dejo llevar por esas lentas tardes de domingo cortando en silencio las flores secas del jardín, mientras dejo vagar mi alma de aquí para allá, encontrándome con rostros antiguos, momentos y frases que creía olvidados…

Caen las hojas secas. En compañía de mi soledad, corto también las hojas secas de mi corazón que caen mudas bajo el azul del crepúsculo…

¿Dónde estará? Acaso a mi lado, mirando mis dedos volar entre rosas y crisantemos o intentando leer mis labios que desvarían acerca de sus ojos de ayer perdidos en el horizonte de una primavera que ya partió…

¿Dónde estará? Quizás a mi lado, como cada noche que me visita en sueños regalándome una frase de consuelo, o simplemente el abrazo de su mirada…

Me detengo a ratos, respiro la tarde que muere y reservo alguna lágrima para cuando su ausencia se haga más evidente aún.

Las hormigas suben y bajan impacientes por las ramas, ignorantes de la nostalgia que trepa por mis piernas y brazos, hoy ajenos a mi vida interior…

¡Cómo lo extraño cada hora de mi vida! ¡Cuánto añoro la sencilla sabiduría con que relataba sus momentos!

Cómo extraño simplemente su voz, atrapada en mis oídos, su voz campaneando en el centro de mi corazón la alegría y gratitud de vivir un día más cerca de los suyos…

Hoy simplemente no está y me duele vivir sin esa parte mía que se ha llevado irremisiblemente hasta allá, donde hoy, el silencio le llevará mis lágrimas y mi recuerdo…”


En memoria de mi papá, que en un día como hoy, partió en un viaje de silencios y esperanzas...

Saturday, May 10, 2008

Simplemente... Mamá



Cuantos años me he pasado recordando tu figura y tus palabras... Creo que comencé a comprenderte cuando la vida me distanció de tu lado, cuando todo se hizo más duro lejos del abrazo que cobijaba y consolaba penas pasajeras...

Hoy, miro hacia atrás, y recuerdo mi niñez tan feliz, allá por los años sesenta. Era la época en que sonaban las primeras canciones de Adamo y tú las tarareabas con ese acento juvenil que aún te acompaña...

Las horas transcurrían tan lentas que creíamos que nunca creceríamos y que siempre estaríamos bajo el cuidado de los padres.

Me acuerdo de los paseos mirando el atardecer sobre el mar, allá por la orilla del cerro Barón, mientras la gente subía cansada después de un día de trabajo. Nosostros, ajenos a la vida, jugábamos con el viento en el rostro, contando los autos que pasaban por la avenida España... "Yo contaré los rojos" - decía yo. Y Juan, mirando a lo lejos, afirmaba:"Yo prefiero los azules".

Y así se nos iban las horas, bajo tu atenta mirada, la misma que hoy, cuando ya adultos, sentimos sobre nuestros pasos a pesar de la distancia que nos separa.

Las tardes invernales se sucedían al calor de tu cocina que siempre tenía alguna sorpresa para nosotros, mientras esperábamos la llegada de papá. Disfrutábamos tus sopaipillas pasadas con aroma a clavo de olor, canela y cáscara de naranja, que llenaba los rincones de la casa. Más tarde, la presencia de papá se hacía sentir con el tintineo de su llavero en la puerta, acompañado de la carraspera que era el anuncio formal de su llegada...mientras nosotros aún jugábamos con el resto de masa amarilla que ya había perdido su color con las diversas formas que había ido tomando dentro de nuestras pequeñas manos...


Nunca los "te quiero" serán suficientes, nunca los abrazos se agotarán con el tiempo. Quizás viviré el resto de mi vida con el corazón suspendido del pasado, donde están mis raíces echadas con fuerza, allá en las primeras horas tibias de vida que no recuerdo, o dentro de ese abrigo de paño verde que me hacía sentir una princesa, o caminado sobre aquellos zapatitos de charol que me ajustabas en los pies, o en tus brazos bajo la lluvia, sintiendo el agua caer sobre el paraguas... Mirándote como reías cuando charlabas con el papá... como llorabas cuando algo te afligía... como nos consolabas cuando sabías que nuestra dicha ya no dependía del postre o del paseo al atardecer...


Con la sencillez de la vida, fuiste cumpliendo tu vocación de mujer, ser simplemente madre, moldeándonos el espíritu y el carácter, lo que hoy nos permite avanzar por nuestros caminos, ya lejos del nido, lejos de tu mirada vigilante, pero sin embargo, cerca, muy cerca de tu corazón...