
Mi papá decía que había que ponerse los anteojos con los ojos cerrados. Mamá se reía ante esa ocurrencia, pero me imagino que muchas veces le hizo caso, sin saber bien porqué.
La última vez que visité su casa, me quedé largo rato observando los objetos que le pertenecieron. Entonces me detuve en sus anteojos: todavía estaban en ese estuche verde y con las franelas que usaba para limpiarlos. Los saqué cuidadosamente, cerré los ojos y me los puse. Al abrir los ojos, lo primero que ví fue el reloj, redondo de marco negro, que se encuentra a los pies de la cama y que ha marcado responsablemente la hora en años. Más a la derecha, la pantalla del televisor, compañero fiel de largas tardes que el papá estuvo acostado, ya sea por simple gusto o bien, al final de sus días, porque le era imposible levantarse.
Curiosamente me detuve en unas manchas que tenían los cristales, supuse de agua y sal, quizás unas lágrimas derramadas al final de su camino, cuando veía que su salud se complicaba cada vez más... El hecho de detenerme en lo que se encontraba adherido al cristal me causó una profunda tristeza... tan intensa, que me impidió mirar más allá, encontrar el motivo que que le hacía sonreir siempre y mirar lo positivo en todas las cosas cotidianas.
Verdaderamente,la forma como se mira la vida no se halla en los cristales a través de los cuales se observa las horas pasar. Se encuentra en el corazón.
Recibí ese mensaje tiempo después dentro de una simple conversación telefónica. Y fue como si papá me dijera el porqué yo no había sido capaz de ver más allá de los cristales de sus anteojos.
Porqué no ví los colores que se ven a través de la ventana, ni el álamo frondoso que extiende sus brazos hacia el azul del cielo, ni el camino que desciende sinuoso y que avisa con tiempo quienes visitan la casa, ni los niños que juegan en la vereda...
Hoy, tres años después de su partida, continúa enseñándome con pequeños detalles, con mensajes puestos en otros labios, con sonrisas repartidas de quien no esperaba...
Dondequiera que estés ¡Gracias papá!
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