Sunday, October 28, 2007

Mirar el mundo a través de sus ojos...


Mi papá decía que había que ponerse los anteojos con los ojos cerrados. Mamá se reía ante esa ocurrencia, pero me imagino que muchas veces le hizo caso, sin saber bien porqué.
La última vez que visité su casa, me quedé largo rato observando los objetos que le pertenecieron. Entonces me detuve en sus anteojos: todavía estaban en ese estuche verde y con las franelas que usaba para limpiarlos. Los saqué cuidadosamente, cerré los ojos y me los puse. Al abrir los ojos, lo primero que ví fue el reloj, redondo de marco negro, que se encuentra a los pies de la cama y que ha marcado responsablemente la hora en años. Más a la derecha, la pantalla del televisor, compañero fiel de largas tardes que el papá estuvo acostado, ya sea por simple gusto o bien, al final de sus días, porque le era imposible levantarse.
Curiosamente me detuve en unas manchas que tenían los cristales, supuse de agua y sal, quizás unas lágrimas derramadas al final de su camino, cuando veía que su salud se complicaba cada vez más... El hecho de detenerme en lo que se encontraba adherido al cristal me causó una profunda tristeza... tan intensa, que me impidió mirar más allá, encontrar el motivo que que le hacía sonreir siempre y mirar lo positivo en todas las cosas cotidianas.
Verdaderamente,la forma como se mira la vida no se halla en los cristales a través de los cuales se observa las horas pasar. Se encuentra en el corazón.
Recibí ese mensaje tiempo después dentro de una simple conversación telefónica. Y fue como si papá me dijera el porqué yo no había sido capaz de ver más allá de los cristales de sus anteojos.
Porqué no ví los colores que se ven a través de la ventana, ni el álamo frondoso que extiende sus brazos hacia el azul del cielo, ni el camino que desciende sinuoso y que avisa con tiempo quienes visitan la casa, ni los niños que juegan en la vereda...
Hoy, tres años después de su partida, continúa enseñándome con pequeños detalles, con mensajes puestos en otros labios, con sonrisas repartidas de quien no esperaba...
Dondequiera que estés ¡Gracias papá!

Saturday, October 06, 2007

Los pasteles de mamá...


"!Qué maravilla!", me decía hoy por la tarde, mientras acomodaba las galletas al fondo de una fuente y me disponía a rociarlas con licor. La música se deslizaba inevitablemente desde mis oídos al corazón, llevándome lejos, en el tiempo... Se veía que la torta helada quedaría exquisita. Verdaderamente, era un pastel sencillo cuya receta heredé de la mano de mamá, hace muchos años...

Ella solía prepararlo cuando se celebraba alguna fiesta especial. Entonces la casa olía a manzanas con canela desde temprano y cuando llegaba el momento de finalizar la receta, no faltaba quien rondara la cocina para hurtar las galletas que esperaban.

Los recuerdos de los pasteles de mamá rondan mis primeros años, cuando ella preparaba por encargo tortas de cumpleaños o de primera comunión para familias del barrio. Entonces, siempre sobraba algo de la mezcla que ella vaciaba en un pequeño molde. Así, siempre teníamos un pequeño pastel para disfrutar más tarde. Mamá solía decorar las tortas con crema moka y mostacilla de colores. Con Juan, tres años más grande que yo, esperábamos ansiosos que las bolitas multicolores escaparan saltarinas fuera de la bandeja para atraparlas con nuestras pequeñas manos, en las cuales en ese entonces, cabía un mundo entero de alegrías...

Con mi nariz pegada casi al borde de la mesa, disfrutaba ver a mamá tan alta y juvenil, con esa energía de antaño batiendo con furia las claras de huevo o desprendiendo el papel de mantequilla de los olorosos bizcochos mientras tarareaba alguna canción de moda...

Más tarde, aquellas pequeñas delicias fueron quedando atrás, desdibujadas en el tiempo de los recuerdos que partieron... Como se fue aquel recetario amarillo que mamá hojeaba con tanta destreza... Tenía estampadas sus huellas de color mantequilla. Y aroma a vainilla, fruta confitada y al perfume de mamá.

...Y a encuentros alrededor de la mesa los cumpleaños y fiestas infantiles en que la figura del papá era sinónimo de risas, alegría y de tazas de chocolate volcadas sobre el mantel blanco...


...Una época cuando todavía era fácil reunirnos a charlar, reírnos, o simplemente, mirarnos los rostros mientras saboreábamos un trozo de pastel hecho por mamá...