
Creo que desde siempre ocupó un lugar importante en mi vida, ya que de pequeña mis visitas a su casa en Viña del Mar eran asiduas, especialmente durante las vacaciones... Entonces ella me cortaba el pelo o me peinaba, me mimaba y me hacía pequeños pero significativos obsequios que para mí guardaban gran importancia.
En aquel entonces, ella me visitaba con la expresa intención de llevarme a su casa, lo cual lograba sólo después de una larga conversación con mamá...
Así, comencé a habituarme a su compañía y a su presencia.
Más tarde sería yo quien viajara hasta su casa, para permanecer fines de semana a su lado, escuchando largas historias familiares, entreteniéndome con su clóset siempre lleno de vestidos de moda y ropa de fiesta. Recuerdo que acostumbraba a probarme sus anillos y pulseras sentada al centro de su ancha cama, situación a la cual ella accedía siempre benevolente, asegurando que a nadie le permitía tal cosa...
Nos quedábamos charlando hasta la madrugada, mientras el televisor seguía funcionando, mudo sobre la mesita en el rincón de su dormitorio..."Dejémoslo encendido para que nos acompañe", solía decirme...
Durante el día, mientras ella atendía su pequeño almacén, yo me distraía con los libros que componían una pequeña biblioteca. Encontraba junto a ellos, cuadernos de hojas amarillas escritos con viejas canciones, antiguos boleros quizás, que yo leía una y otra vez como si fueran mi poesía predilecta.
Recuerdo las tardes de cocina en que ella me enseñó, entre otras cosas, a preparar torta de hojas, la cual después de amasarse reiteradas veces, se ponía en el refrigerador antes que al horno...
En una oportunidad en que enfermó al punto de permanecer en cama, mamá me autorizó para acompañarla por unos días. Entonces le cociné yo, y recuerdo que encontró muy sabroso el almuerzo. Para mí fue como "una buena nota", ya que ella siempre fue excelente cocinera, hábil para todo tipo de preparaciones, desde postres (inolvidable el curso de repostería que hiciera y que nos permitió a todos quienes la visitábamos, degustar sus ensayos de pasteles y tortas) hasta los más variados y sofisticados platos...
En fin, así se pasaron los años de mi infancia y de gran parte de mi adolescencia, durante la cual, muchas veces su hogar fue un rincón de refugio...
Más tarde sería yo quien viajara hasta su casa, para permanecer fines de semana a su lado, escuchando largas historias familiares, entreteniéndome con su clóset siempre lleno de vestidos de moda y ropa de fiesta. Recuerdo que acostumbraba a probarme sus anillos y pulseras sentada al centro de su ancha cama, situación a la cual ella accedía siempre benevolente, asegurando que a nadie le permitía tal cosa...
Nos quedábamos charlando hasta la madrugada, mientras el televisor seguía funcionando, mudo sobre la mesita en el rincón de su dormitorio..."Dejémoslo encendido para que nos acompañe", solía decirme...
Durante el día, mientras ella atendía su pequeño almacén, yo me distraía con los libros que componían una pequeña biblioteca. Encontraba junto a ellos, cuadernos de hojas amarillas escritos con viejas canciones, antiguos boleros quizás, que yo leía una y otra vez como si fueran mi poesía predilecta.
Recuerdo las tardes de cocina en que ella me enseñó, entre otras cosas, a preparar torta de hojas, la cual después de amasarse reiteradas veces, se ponía en el refrigerador antes que al horno...
En una oportunidad en que enfermó al punto de permanecer en cama, mamá me autorizó para acompañarla por unos días. Entonces le cociné yo, y recuerdo que encontró muy sabroso el almuerzo. Para mí fue como "una buena nota", ya que ella siempre fue excelente cocinera, hábil para todo tipo de preparaciones, desde postres (inolvidable el curso de repostería que hiciera y que nos permitió a todos quienes la visitábamos, degustar sus ensayos de pasteles y tortas) hasta los más variados y sofisticados platos...
En fin, así se pasaron los años de mi infancia y de gran parte de mi adolescencia, durante la cual, muchas veces su hogar fue un rincón de refugio...
Los veranos transcurrían frente al televisor comiendo helado de no importaba cuál sabor, mientras comentábamos el Festival de la Canción; pintando en género o atendiendo el almacén mientras comentábamos los acontecimientos del momento...
Fue dos años después de mi matrimonio que ella partió a vivir a Canadá, donde se estableció definitivamente. Sin embargo, viajaba constantemente a Chile y siempre dedicaba un espacio de tiempo para estar unos días conmigo...
Fue dos años después de mi matrimonio que ella partió a vivir a Canadá, donde se estableció definitivamente. Sin embargo, viajaba constantemente a Chile y siempre dedicaba un espacio de tiempo para estar unos días conmigo...
Entonces rememorábamos viejos encuentros y reíamos como entonces, recordando anécdotas como aquella oportunidad en que visitábamos la Feria de Artesanía de la Quinta Vergara: Ibamos de lo más elegantes y se nos ocurrió pasar a un restaurant a servirnos unos platos que se veían muy apetitosos. Sin embargo, cuando llegó el momento de cancelar la cuenta... ¡ni ella ni el tío habían llevado dinero! En vano yo revisé mi cartera, y entre risas, nos vimos obligadas a pedir torta y luego helados mientras esperábamos que el tío regresara con dinero...
Así, el tiempo pasó y con él partieron otros, incluyendo al tío, a viajes sin regreso. En tanto, ella continuaba viajando y conociendo lugares exóticos, lo cual después me narraba con detalle, mostrándome postales y fotografías que me permitían viajar también.
Y de una u otra forma se encargó de estar presente en mis momentos difíciles. Como cuando nació Camilo, después de un embarazo complicado. Mientras yo aguardaba el nacimiento, ella preparaba pasteles de choclo, humitas y otras variedades veraniegas con mamá. Entre tanto despliegue culinario, ruido de sartenes y -por supuesto- risas, los más felices eran sus fieles seguidores -papá y Armin- de cuanta receta se le venía a la cabeza...
Los años siguieron su curso y muchos veranos nos acompañó a vacacionar en familia, lo cual ella evocaba siempre con gran nostalgia en sus cartas, las que eran acompañadas de fotografías escritas al reverso con las fechas y nombres de personas y lugares...
Así, la tía Olga nunca se alejó de nuestras vidas, ya que cada cierto tiempo se presentaba en medio nuestro, inesperadamente o anticipando con tiempo su viaje... ¡movilizando a toda la familia!
Así, el tiempo pasó y con él partieron otros, incluyendo al tío, a viajes sin regreso. En tanto, ella continuaba viajando y conociendo lugares exóticos, lo cual después me narraba con detalle, mostrándome postales y fotografías que me permitían viajar también.
Y de una u otra forma se encargó de estar presente en mis momentos difíciles. Como cuando nació Camilo, después de un embarazo complicado. Mientras yo aguardaba el nacimiento, ella preparaba pasteles de choclo, humitas y otras variedades veraniegas con mamá. Entre tanto despliegue culinario, ruido de sartenes y -por supuesto- risas, los más felices eran sus fieles seguidores -papá y Armin- de cuanta receta se le venía a la cabeza...
Los años siguieron su curso y muchos veranos nos acompañó a vacacionar en familia, lo cual ella evocaba siempre con gran nostalgia en sus cartas, las que eran acompañadas de fotografías escritas al reverso con las fechas y nombres de personas y lugares...
Así, la tía Olga nunca se alejó de nuestras vidas, ya que cada cierto tiempo se presentaba en medio nuestro, inesperadamente o anticipando con tiempo su viaje... ¡movilizando a toda la familia!
Los que no estaban dispuestos a cambios bruscos en su rutina, daban un paso al lado. Pero ella sabía que siempre podía contar con mi hogar, en el cual sería bienvenida y atendida con cariño.
Los reveses de la vida permitieron que con el tiempo fuera yo quien pudiera "regalonearla", poniendo en descanso sus piernas fatigadas después de alguna caminata, peinando sus cabellos o preparando algún pastel, esta vez en mi cocina...
Quizás no en vano ella siempre me decía que yo era como la hija que nunca había tenido. Y no sé porqué, este año tuve el impulso de llamarla por teléfono para el Día de la Madre, cosa que finalmente no hice, por temor a parecerle extraño.
Ni sabré porqué ese fin de semana que marcó el fin de su vida, mientras ponía en orden un closet, me encontré insitentemente con objetos que ella me había regalado en sus tantas visitas...
Tampoco sabré porqué aquella última mañana encontré repentinamente en mi cartera su número telefónico anotado en un pequeño trozo de papel...
Quizás me quería hablar desde allá, desde ese país que la había adoptado sus últimos 25 años. Quizás quería decirme de alguna manera, que se aprestaba a partir a ese viaje al que tanto temía, el más largo, del cual ya no regresará a visitarme...
Quizás no en vano ella siempre me decía que yo era como la hija que nunca había tenido. Y no sé porqué, este año tuve el impulso de llamarla por teléfono para el Día de la Madre, cosa que finalmente no hice, por temor a parecerle extraño.
Ni sabré porqué ese fin de semana que marcó el fin de su vida, mientras ponía en orden un closet, me encontré insitentemente con objetos que ella me había regalado en sus tantas visitas...
Tampoco sabré porqué aquella última mañana encontré repentinamente en mi cartera su número telefónico anotado en un pequeño trozo de papel...
Quizás me quería hablar desde allá, desde ese país que la había adoptado sus últimos 25 años. Quizás quería decirme de alguna manera, que se aprestaba a partir a ese viaje al que tanto temía, el más largo, del cual ya no regresará a visitarme...
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