Friday, September 18, 2009

Blanca



Mi abuela solía balancearme en sus rodillas, a la orilla del brasero. Con
su mate en la mano derecha y en la izquierda sosteniendo un viejo libro
de cuentos cuyas amarillas hojas el tiempo había desprendido una a
una, me trasladaba a paisajes lejanos, a historias cuyo fin siempre desconocí, pues ella me obligaba a imaginar el desenlace... Su antigua voz y sus verdes ojos cobraban un especial brillo cuando leía con pausa cada frase. Las escenas se pintaban una a una en mi interior, y el ambiente, con olor a rescoldo y hierba mate, me transportaban a paisajes desconocidos donde todo era posible.
La infancia de mi abuela transcurrió en un rincón del sur de Chile, bajo la mezquina protección de su padre y con una madre que temía la presencia de aquel hombre. Muchas veces esperaron que él partiera al pueblo a vender animales para sacarle algo de su dinero que guardaba en el granero. Por eso, en cuanto tuvo la edad suficiente, abandonó su hogar y viajó a Santiago en busca de trabajo. Allí conoció a Enrique, quien más tarde llegaría a ser su marido y al cual recordaría hasta el último minuto de su vida con una lágrima en sus verdes ojos...
Y yo, apenas aprendí a caminar, visité a diario su hogar. Por la tarde, nos recostábamos en su catre de bronce pulido. Entonces me narraba historias, leyendas de campo, en que triunfaba la ingenuidad de los campesinos por sobre el mal. Si bien me hacían reír, no dejaban de asustarme luego, cuando ella ya dormía y yo creía ver fantasmales figuras en la pared. Finalmente, aferrada a su brazo, escondía mi rostro de todo lo que me rodeaba y me dormía profundamente, sintiendo ese aroma a manzanilla que despedían sus largas y grises trenzas. A decir verdad, esos encuentros constituían mi única entretención en una época en que no se conocía aún la televisión. Cuando la pantalla chica por fin llegó a mi hogar, mi abuela no se convencía de lo que sus ojos veían. Muchas veces la observé levantarse del sillón y revisar detrás del aparato de televisión para intentar descubrir el origen de las figuras que se movían y hablaban en la pequeña pantalla.
- Son cosas del diablo- decía, mientras se envolvía en su chal gris y se acomodaba nuevamente en el sillón, resignada a dejarse llevar por la serial de la tarde.
Los domingos me iba a almorzar a su casa, pues cada momento con ella traía una nueva leyenda para disfrutar. Su cocina olía a albahaca, perejil y cilantro... Dentro de sus ollas de greda bailaban las papas con el zapallo y el trozo de carne despedía un grato olor que me apresuraba a poner cucharas y tenedores en la pequeña y redonda mesa del comedor.
- Un día de esos, anduvo por ahí un indio, hijo del jefe de la aldea... medio enamorao pues... Y yo no quería nada con él. No fuera a ser cosa que mi ‘taita’ lo viera pegado a mis polleras porque ahí sí que la ‘vería negra’... - me contaba, mientras picaba la lechuga y la aliñaba con limón. Y agregaba: - Pero el indio éste no entendía pues, no...no había caso. Yo ya oía que mi taitita venía al galopecito por el potrero y me pillaba con él.
- ¿Y qué pasó abuelita? ¿El indio la besó? - Yo era una verdadera cascada de preguntas.
- ¡No hijit’e Dios! ¡Cómo se le ocurre!.. – me respondía con una sonrisita que no podía disimular.
- Una vez vino a ‘meterme conversa’... – su tono de voz indicaba que lo que iba a decir era confidencial. Yo le puse más sal a una mitad de limón, y mientras sorbía su acidez, me acomodé en una banquita de madera, cerca suyo para no perder ninguna palabra de lo que iba a decir.
- Yo estaba en la cocina, que humeaba con los leños secos. Estaba revolviendo una ollita, preparando un poco de ‘color’... Hervía con el aceite... Me acuerdo como si fuera ayer. Como no quería verlo más, le di a probar al indio ese, con la promesa que si lo hacía, yo saldría por la tarde al río para encontrarme con él.
- ¿Y qué pasó? – le pregunté con inquietud...me ardía la garganta por el limón y no imaginaba el dolor de sufrir una quemadura con aceite hirviendo.
- Bueno... el indio no volvió más. Esa tarde el jefe vino a hablar con mi taita, quien apenas se enteró de mi maldad, me dio una tremenda ‘tanda’ con una soga... Todavía me duelen los huesos cuando me acuerdo... Ahí me dejó, amarrada al ciruelo hasta que anocheció y mi mamita, que en paz descanse la finada, dejó de lado el miedo que le tenía a mi taita y me fue a sacar cuando ya todos dormían...- terminó con un suspiro.
Yo guardé silencio, mientras mi pensamiento viajaba mágicamente con sus palabras...
- Fui ‘maldadosa’ para qué voy a decir una cosa por otra - agregó, asintiendo con su cabeza encanecida, mientras suspendía la narración para sumergir el cucharón en la olorosa cazuela.
- ¿Más que yo? – preguntaba tratando de recordar mis más recientes desaciertos.
- ¡Mucho más mijita! – me aliviaba.

-Imagínese que una vez íbamos al pueblo con mi mamita y nos encontramos en el senderito con una tremenda culebra al sol. Me acerqué a mirar...Y no sé porqué le lancé un piedrazo justito en el medio del ovillo... - se sonreía, con la malicia propia de la niñez y miraba a lo lejos con sus verdes ojos, como evocando la imagen de lo que me contaba.

- La culebra del diablo se desenroscó y nos persiguió tanto que tuve que sacarme los zuecos y correr como "alma que se lleva el diablo"... Finalmente le lancé mi chal y dejó de seguirnos. Al regreso no nos atrevimos a volver a pie y pedimos a un vecino que nos trajera en su carreta... Viera usté mi niñita, mi chal hecho mil pedazos en el suelo... – su rostro cobraba seriedad.

- Así no más podría haber quedado yo pues... pa’nunca más... pa’nunca más...

Conocí muchas costumbres indígenas a temprana edad por la voz de mi abuela. Cada anochecer, deshacía su moño, trenzaba su cabello y se sentaba con las piernas cruzadas en su cama. Cerraba los ojos y decía su oración a los cuatro vientos. Nunca entendí la lengua en que decía aquella oración. Me enseñaba palabras en mapudungun , las que aprendía como un juego. Ella me familiarizó con mis raíces, a las que aprendí a amar como el terruño en que nací.
Cada martes sagradamente, encendía velas a las ánimas. Decía que si lo olvidaba, ellas mismas se encargaban de recordárselo. Cuando llegaba aquel día, un extraño cosquilleo recorría mi espalda al verla realizar aquel rito. Me decía que no estaría sola cuando llegara su hora...Estarían con ella los que tanto había amado y que habían partido al más allá.

Antes que mi abuela muriera, me encargó que no olvidara ponerle sus zapatos, su abrigo y algunos objetos personales. Me decía que debía recorrer un largo camino en la otra vida. Tenía que volver a los lugares que ya había recorrido... Yo nunca cuestioné su pedido y no lo ignoré aquel día en que mi abuela se cansó de llorar a su adorado Enrique y decidió escuchar el llamado de sus ancestros
- Me están llamando, no debo resistirme. Es un proceso natural. No quiero que llore mijita. Yo voy a estar por ahí cerca suyo siempre...
Fue un domingo que no olvidaré. Encontré la puerta entornada. En su cama, su cuerpo recto, su boca semiabierta y sus ojos inmensamente verdes clavados en el techo de la habitación. Yo desconocía el significado de vivir la cercanía de la muerte hasta ese instante.

La muerte había roto un lazo estrecho que ambas habíamos construido con un amor que había sido capaz de unir dos vidas tan distantes en el tiempo y la edad... Nunca la he olvidado. He pasado por San Carlos y he observado con avidez sus parajes campestres, sus cerros, sus prados, queriendo tal vez descubrir el ciruelo de los tormentos de la abuela...o la figura en el caballo de aquel indio enamorado de la Blanca de verdes ojos y rubias trenzas...

Nunca olvidé a la abuela. Verdaderamente, siempre ha estado a mi lado. Como está hoy presente, en estas líneas que ella me ha animado a escribir...












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