
Hace tanto tiempo, parece al cuerpo, pero tan poco para el alma, llegaste a casa.
Fue un día miércoles, parecía un día cualquiera, pero era un miércoles especial. Me avisaste la noche anterior que querías ver el sol y las estrellas. Entonces, presintiendo que me encontraría por fin con tu rostro, di aviso al reloj y a la maleta que esperaba silenciosa en un rincón. Con ropita rosada, claro está, pues ya sabía que eras tú quien vendría a llenar mis días de todo aquello que se anunciaba en mi cuerpo.
Caminé por las calles de Viña del Mar con la dificultad propia de los 63 kilos que había ganado a lo largo de las 38 semanas.
Las vidrieras presentaban la temporada de invierno, pero nada cautivaba mi atención: Mi corazón estaba pendiente de tus movimientos, más lentos pero enérgicos que días antes. Sólo el aroma dulce proveniente de la Panadería Pinpan me distrajo por un momento.
Con tu papá de la mano, charlamos durante el camino acerca de lo que se avecinaba. Teníamos esa sensación de cuando se acerca una fiesta que va a llenar de alegría todos los días.
Llegaste a este mundo, rodeada de gente que quería tener la primicia. Tu papá, tu abuelita - dentro del pabellón,obvio- y fuera, tu tío Andrés, impaciente. EL se había tomado la licencia de sentir con su mano los movimientos de tus pies y aseguraba que serías buen futbolista... quizás el médico se había equivocado. "Qué vas a hacer poniéndole tanta ropa rosada a esa pobre guagua", decía riéndose. ¡Y a ratos no dejaba de preocuparme!
Pero en fin: Ya estaba allí, a minutos de tener a mi primer hijo - en este caso hija- en mis brazos. En un abrir y cerrar de ojos, estuve enfundada en el dichoso camisón de hospital -en este caso de clínica- una buena botella de suero, el consabido medidor de presión, etc. y en una estrecha camilla que me hacía temer que en cualquier momento podría rodar por el peso de mi abultado abdomen...
Naciste a las 20.30 horas de ese día. El mismo médico que veinticinco años después te atendería, te tomó en sus brazos y te acercó a mi rostro. Sentí tu carita húmeda, con olor a bebé recién nacido. Giraste tu pequeña boca hacia mi mejilla y la succionaste de inmediato. Fue emocionante. Te miré como pude, y en esa fracción de segundos me detuve en tus rasgos, el color de cabello y piel.
Eras muy blanca. Tu pelo ensortijado se adhería a tus sienes con la humedad de tu antiguo hogar. Te llevabas la mano empuñada a la boca con desesperación, enrollándote en la sábana verde con que habías hecho tu primera presentación en esta vida. Claro, debió haber sido una color rosa o lila, en algún diseño y tela a tu gusto, pero en ese momento eran otras tus prioridades.
A partir de ese momento, mi vida nunca más fue igual. Fue mejor.
Ser madre no es fácil. Me siento agradecida de Dios por haberme dado la posibilidad de haber comenzado mi aprendizaje contigo. Veinticinco años después, espero haber concluido mi tarea con buena nota. A ti te corresponde calificarme.
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