El año que murió mi padre, me despojó de la risa infantil que blanqueaban mis dientes en las fotografías olvidadas...
Fue una tarde de un 28 de octubre, 7 días antes que cumpliera 78 años de vida.
Su partida se anticipaba desde hacía tiempo. Y aunque el momento había llegado, simplemente no lograba comprender lo que estaba viendo.
La imagen fuerte del padre que acompaña, infunde valor y ánimo, desaparecía tras la figura débil, encogida frente a la adversidad, sometida a los designios divinos con la humildad propia de sus días...
Abandonaba esta vida en silencio, sin siquiera mirarnos, tal vez para que no viéramos en su mirada algún dejo de nostalgia y tristeza... pues él quería estar más tiempo con nosotros, ver sus nietos crecer, compartir más cumpleaños y navidades, disfrutar de la lluvia de otros inviernos y recibir el sol de otros veranos en su rostro.
Se fue así, con la misma sencillez que vivió su vida, en la paz del crepúsculo, rodeado del amor de quienes le amábamos y aún le seguimos amando.
El año que se fue mi padre, se llevó una parte importante de mi vida que nunca volverá... Que intento descifrar cuando me encuentro frente a su lápida... Que busco en sueños inconclusos...
...El año que se fue mi padre, quedé muda de poemas, vacía de canciones y rimas, sin letras con las cuales volver a jugar en un papel, excepto en su lápida...
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