
Mis temores se encuentran anclados en mi niñez.
Cuando todo debía ser sólo cuentos y magia, y casi sin darme cuenta, se vino de bruces la desconfianza en el mañana, el temor a la pérdida, el anticipo al dolor.
No recuerdo bien si mis temores se desprendieron de historias tejidas a orillas del brasero de mi abuela o si se descolgaron de la mirada aprensiva de mi madre.
Sólo se que silenciosamente treparon primero por mis piernas, logrando luego adherirse con firmeza a mis huesos, para finalmente instalarse en todas las esquinas de mi inseguro corazón.
Así viví muchos años, sin descifrar la razón de ese desasosiego que me asaltaba constantemente, confirmando su amarga presencia con la partida de mi padre, una persona que imprimió el contento a mis primeros pasos.
Así, conforme el tiempo transcurría, mis temores se apropiaban gradual y sigilosamente de todos mis rincones, asfixiándome y robándome lo genuino de la alegría.
Cuando pretendieron continuar su ascenso hasta mi mente,un espacio de mi razón me puso en alerta. Y mi cuerpo, aprovechando este escenario, reclamó con energía.
Y busqué respuestas, hurgué en mi pasado con ayuda de manos generosas e inteligencias sensibles quienes me condujeron con sabiduría.
Presté atención a recuerdos que se habían amarillado con el tiempo y miré también aquellos que aún permanecían con colores frescos, como las lágrimas mismas. Y encontré respuestas y también nuevos caminos. Y en esos caminos las flores olían como deben oler cuando aún están en contacto con la tierra. Ya sería necesario pensar en la pérdida de sus colores cuando fueran arrancadas de su raíz.
Ha sido difícil tarea desechar los temores de mi camino. Siempre me pregunto si se habrán marchado definitivamente, aunque bien se que me acechan durante los sueños y aparecen como fantasmas en mis mejores momentos de alegría.
Como sea, es mi lucha permanente, es la gran trizadura que yace donde nadie la ve. Pero bien se que existe a pesar de todo.
A pesar de lo que yo quisiera.
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